Caminaba sobre el andén. Tropecé. Al caer me di cuenta que no era césped, hojas de árboles o tierra los que soportaron mi caída. Caí en cemento, frío, gris, muerto, decadente, modernizante. Caí en cemento, la caída me trajo al lugar de las horas antiguas, caballos, pantano, madera de buen olor, letreros de cedro... caí al suelo, la caída me llevó al lugar de las fábricas de humos hirvientes, de hombres sudorosos y miradas completamente vacías en manos sin rostros, en pies sin zapatos, en frentes cansadas. Caí al piso, la caída me dio un susurro en las células de plástico de las teclas del computador, en las células de plástico de mi pantalla de televisión, de la silla, de las miradas plásticas de las personas de este siglo.
Me levanté, miré alrededor, no vi nada que no conociera antes, no vi nada desconocido, no vi nada que no hubiera pasado por mi percepción o por mis sentidos y pensé ¡qué mierda! Es mejor sentir, es mejor dejarse llevar, es mejor dejar de ser como es el hombre de mirada de plástico o de sudor cansado en la frente, o de las calles que huelen a madera de cedro. Me levanté del frío, gris, muerto y decadente para descubrir que Diógenes no estaba errado. Buscaré hombres con una lámpara de parafina, encontraré hombres con una lámpara de parafina, hombres sencillos, tranquilos, alegres, humanos, encontraré hombres que sientan. Me encontré hombres de minutos, de histerias, de estrés, de caídas en lo absurdo, amantes del cemento y del acero. Me caí de nuevo. Descubrí que la caída no fue en vano. Preferí tirarme al suelo y sentir el frío, gris y decadente para intentar entender el mundo de los otros.
Poco a poco recordé que también escribo en una computadora, viajo en automóvil, uso energía eléctrica, veo televisión, uso horno microondas, camino con zapatos de material artificial, sonrío sin ganas, miro con desidia, ignoro a los hombres que visitan las calles y sólo las calles porque quisieron evadir la sociedad. Renuncié. Buscaré a Diógenes Laercio para decirle que sólo soy un hombre en mis fantasías.
Felipe Vargas Molina
cancerbero
que buen texto y mejor el final. Es que creo que estamos muy acostumbrados a fijarnos en el exterior, en los demás, en el mundo, y poco nos fijamos en nosotros mismos. Claro esta, cuando lo hacemos nos damos cuenta que somos parte de la mierda que combatimos, criticamos, y detestamos tanto. El yo moderno.
ResponderEliminarMejor caminar descalzos
ResponderEliminar